Asociación de Tanatología Integral
de Puerto Rico y el Caribe, Inc.
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El pequeño diario de la espiga de trigo

Cuento de iniciación dedicado a las semillas de Organización Espigas®

Shirley M. Silva Cabrera


Primer nivel de conciencia: de la unicidad a la separabilidad


Hola, soy una semilla de trigo que está germinando dentro de esta Tierra que muchos llaman materia pero que yo llamo “Hogar”, hogar porque me nutre, me inculca el valor que tengo aún siendo tan pequeñito y habitando en la oscuridad donde no es fácil verme, pero en verdad: ¡Me siento grande, muy grande, porque hace poco provengo del Todo! ¡Quiero que esta sensación esté conmigo siempre!…


Escribo este pequeño diario porque sí, porque complazco a la Tierra que quiere de mí el dar a conocer los diferentes niveles de conciencia por los que he pasado durante mi existencia como testimonio de mi maduración y de la forma en que recibo la vida y la muerte. Todo vale la pena cuando se tiene la actitud buena para ello.


Pues bien, comienzo por deciros que la Tierra me da un sentido de esperanza con su humedad y nutrientes que me inspiran (cual principios de vida o soplo del Creador), fluyendo en estos estratos fuera del alcance de la luz que a todos gusta. La Tierra me adelanta mi historia y me recuerda que en mí, en mis cromosomas, está el curso de vida desde aquí hasta lo que me ha de suceder, una vez brote a la superficie y comience a contactar de frente con otros planos como lo es el cielo y con los elementos del aire, el agua y el fuego. Ella me cuida tanto que por eso la llamo “mamá” ¡La quiero tanto!


Mamá me musita que me pareceré mucho al fuego y al oro, que seré flexible como el agua y que bailaré tan grácilmente como el viento. Sin embargo, se que no va a ser una danza sencilla. Una vez mi rostro asome al mundo, ya nada será igual, todo será según mi perspectiva y el impacto de lo que me rodee haga en mí…porque yo me deje.


Hay una diferencia importante entre lo que sucede acá abajo y allá arriba. Aquí, lo que nos ocurre es necesario para poder desarrollarnos y vivir, allá, lo que sucede es para aprender a vivir y a morir, también a ganar y a perder… Acá, lo que se conoce como muerte, es sencillo, ocurre porque las condiciones apropiadas para el desarrollo y salir a la superficie a respirar el aire y recibir directamente el agua y la luz del sol, no se cumplen o porque nuestra genética sale defectuosa. Allá arriba, la muerte es compleja, trata de ser natural pero encuentra muchas veces obstáculos y mayores complicaciones como lo son las muchas pérdidas que la pueden acompañar conocidas como catástrofes y en el mejor de los casos, pequeñas muertes .Todo esto lo aprendo de mamá porque ella ha escuchado el llanto de los gimen sobre ella buscando que los abrase y les arrebate el dolor que sienten cuando alguien muy significativo para ellos muere y vuelve a su vientre… ¿pero qué culpa tiene ella? Ella solo es madre, pare y recibe a sus hijos de vuelta cuando les toca o les parece. No repara en recibir con el mismo amor a sus hijos buenos o malos, a pesar del dolor existencial de las historias de aquellos que se quedan pisándola en la superficie…


Esto me recuerda un poco a la parábola del buen Jesús sobre el Hijo Pródigo. Mamá me habló de ella, porque Le prestó atención cuando Él la narró. Se la aprendió muy bien. Me confesó que por un momento pensó que Su inspiración para esta parábola provenía de ella, su propia historia como madre…pero en fin…mundo de hombres…me dijo resignada y con un suspiro…


Una diferencia de la muerte humana de las de las otras criaturas es que nuestro retorno a la Tierra no despierta el celo ni el dolor de nadie por nuestra condición de igualdad, mientras que aquel llamado hombre, envidia, conoce el resentimiento y el dolor mental. Nosotros no razonamos la muerte, solo la recibimos.


Bueno, pues aquí estoy yo. Oyendo a mamá contar sus historias en lo que broto, haciéndole compañía en sus alegrías y tristezas, y ella a mí en mis cuestionamientos y curiosidades sobre la luz y lo exterior. Debo aprovecharla porque luego, seré yo quien volviendo otra vez a su regazo, le traiga más noticias del mundo de allá arriba y los saludos del cielo.

Segundo nivel de conciencia: la definición


¡Voilá! Broté al fin. Aquí estoy y parezco un retoño feo y arrugado por no decir que lo soy. Confieso que esto no era lo que yo esperaba. Mamá no lloró por mi ascenso porque sabe que estoy muy bien preparado y porque me oyó muy bien dirigido en mis planes. Le dije entre tantas cosas, que haría mía la actitud del girasol, no la de girar en torno al sol, porque podría quebrarme o enredar mi cabellera con la de otras espigas, si no la de mantener como objetivo la mirada dirigida hacia Dios, claro está a mi manera, pero bien hecho.


Una vez, en lo profundo de la Tierra, entró un papel el cual primero pensé que era una mantita que me regalaba mi madre pero luego me di cuenta que por poco me sofocaba al cubrirme. “Hay amores que matan” me dije y esperé. Confié en la buena voluntad de aquel obsequio. Mi madre, haciendo un gentil movimiento, lo fue botando lejos de mí y entre risas pero en serio, me aclaró la importancia del correcto discernimiento, sobre todo cuando brotara al exterior. Antes de deshacerse por completo del papelucho, lo volteó para mirarlo. Vió con orgullo que se trataba de mi imagen cuando fuera grande, pues era parte de un sobre de semillas: “Wheat seeds” tenía escrito. Con alegría me deja ver en la oscuridad resplandeciente, pues en mi mundo todo es posible, la imagen amada. ¡Uf, qué galán sería! A diferencia de ser rechonchito y pequeño como ahora (lo cual quiero aclarar también tiene sus méritos), sería alto, delgado, resplandeciente, proyectándome con una realeza espiritual que me haría figurar en muchas religiones, escudos y emblemas del mundo (y claro, también en las etiquetas de productos de colmados…). Me agradó mi apariencia futura porque haría juego con otras de mis metas: el ser servidor, guapo y servidor…no está nada mal…Mi altura sería directamente proporcional a mi servicio: cual alto, cual abundante en ofrendas. Esto no es regla en los humanos. Quiero ofrendar mucho para que el hombre no se olvide de su madre tierra, quiero llegar a estar cargadito de granos para llevar alegría como el girasol. Quiero desarrollarme espléndido en dádivas que me hagan inmortal dentro de la sangre de los hombres y que le recuerden que su Dios es mi Dios, que somos Uno...

Tercer nivel de conciencia: de ser “el otro” hacia “ser uno” en la vida


Uno… ¿Acaso sabemos comportarnos como tal? Luego de haber brotado y sentirme un retoño feo y arrugado, me fui desplegando como le pasa a los humanos niños y los llamados “Teen agers” (mi madre es políglota). Hubo un momento en el que me asusté: tenía unas hojas tan largas que parecía burro y temí que mi inteligencia fuera puesta en cuestión por mi apariencia. No tenía granos, no tenía cabello largo, no era atractivo. Solo era, estaba allí, nada más. Centrado en mi expectativa y concepto de lo que pensaba debería ser y no era aún. Enfrentado a la luz, yacía rodeado de ella desnudo y bajé la cabeza, como Adán. Peor que él: yo no tenía la hoja de parra para cubrirme no se qué. Así que decidí repasar mis metas individuales: de pronto, me armé de valor, levanté mi cabeza y miré a lo alto, pues recordé que siempre me dirigiría a Dios (triste de mí y de mi ignorancia, luego descubro que Dios está en todas partes). No pensé más en la hoja de parra, la luz comenzó a conjugarse en diferentes matices… Noté con asombro que al salir de mi ensimismamiento, no estaba solo. Mientras me animaba a abrir más mis ojos vi como alrededor mío tomaban forma gradualmente los matices de luz: miles por no decir millones de espigas doradas como yo, participaban de la misma danza de la vida. Estaban igualmente desnudas, sin vergüenza, expresando su particularidad y a la vez su unicidad. Sí, éramos uno en ese espacio y en ese tiempo, dispuestas a otorgar la última ofrenda de amor según estuviésemos listas.

Cuarto nivel de conciencia: la realización


Me siento hoy de una manera diferente. El viento no logra bailar conmigo como lo hacíamos antes pues me siento más pesado. Estoy cargado de felicidad. Muchas veces se piensa que la tristeza es lo único que nos torna más lentos, pero a veces también la felicidad, porque nos vuelve más detallistas y meticulosos en los cuidados que ofrecemos. Hoy estoy cuidando. Cuido mi última ofrenda, mi grano. ¡Por fín!


Me siento millonario, no por la cantidad de granos que poseo si no por todo lo bueno que pasará a través de mi ofrenda. Muchos piensan que al tener mucho, se logra todo, pero depende del uso que se le de a lo que posees. Si te lo quedas, y tu posesión esta destinada a servir, ¡Ay de ti! Tu causa creará su efecto.


La lluvia cae sobre mí. Tengo suerte pues es una lluvia gentil. Refresca mis granos, los lubrica, los pule y cuando amanezca, las gotitas de rocío le adornarán haciéndoles parecer granos de oro genuino con incrustaciones de diamantes…Me gusta esta imagen pero lo que realmente me gusta es lo que en verdad soy: alimento para el cuerpo y el espíritu del hombre.


Me río cuando recuerdo que lo que esperaba era ser un galán y sobre todo proyectar realeza espiritual…mamá me dejó soñar y me miraba compasiva ante mi entusiasmo…era bueno que yo tuviera sueños que alimentaran mi autoestima, pero vigiló siempre que no me envenenara con orgullo desmedido. Sabía que tarde o temprano me agradaría ser más instrumento de trascendencia que de realeza y que conllevara una postura de mayor humildad y contemplación de los misterios divinos.
Alimento para el cuerpo y el espíritu del hombre…me gusta, no suena mal.

Quinto nivel de conciencia: la cosecha


Estoy de cara al suelo. No me quebré, pero no pude sostener más el peso de mis granos. Miro a mamá de frente, la beso y le pido la bendición. Le digo entusiasta: ¡Ea, que estoy en casa, y mira a tus nietos! La siento cálida y acogedora como siempre. No muestra sorpresa por mi regreso súbito. Me esperaba siempre. Aunque ascendí, ella permaneció sosteniendo mis raíces, dándome valor para despuntar, explorar la luz y conversar con el cielo. Hoy le traigo sus saludos, le muestro en qué utilicé mis talentos y ella se estremece de contentura bendiciendo los granos para la cosecha que en unos instantes me son arrebatados por unas manos ávidas de alimento. Mamá no sufre por la apropiación de los granos, ella siempre dice que su amor es desprendido porque es amor del bueno.
 

Sexto nivel de conciencia: trascendencia


“El trigo desciende bajo la tierra, muere, y renace en una espiga” – esta es mamá instruyéndome sobre la existencia cuando aún era muy pequeñito. Morí. Sí, porque dejé de ser quien era externamente para dar paso a lo que mi interior tenía que ofrecer al mundo, y por esto también renací. Morimos y renacemos en cada etapa de nuestro desarrollo. He sido espiga hasta ahora, parí mis granos. Dejé de ser un mero galán para convertirme en padre servidor. ¿Quién dice que en mi mundo los galanes no paren? Me he transformado y he trascendido. Yo serviré a través de mis granos en muchos lugares, dentro de muchos seres, de muchas maneras. Meta cumplida. Ahora voy de vuelta a casa, a mi origen. Me han arrancado y yo, servidor, me quedé tirado en el suelo por descuido de las manos que vinieron en busca de mis granos.

 

No me enojo porque mis hermanas atadas en grandes mazos se fueron de viaje. Sus cabelleras maltrechas por la mano del hombre ondeaban en el viento un último adiós al la carreta bajar la colina. Sé que verán muchos paisajes hermosos durante su travesía que yo nunca veré. Pero también sé, que terminarán como heno de animales, y eso también es servicio. Yo, en cambio, me he quedado como espiga. Me descompondré con dignidad pues he sido servidor, y me disolveré con las caricias de la lluvia para integrarme más íntimamente a mamá y cuidarla más de cerca, que está vieja y requiere ya mayores atenciones.

Séptimo nivel de conciencia: regreso a casa y la resurrección


Voy despertando poco a poco de la pérdida temporal de conciencia durante mi disolución. Me percato gradualmente de la brillantez de mi oscuridad resplandeciente. Noto con sorpresa que a pesar de mamá estar alegre con mi regreso, también me mira traviesa y me dice, “gracias por el regalo”. Pienso que es por mi gusto de cuidarla, aunque por lo pronto, me cuida una vez más ella a mí, mientras me restablezco de la metamorfosis. Vibro de curiosidad (porque ahora soy más solutos que espiga), pues veo que mamá mece algo entre sus pliegues. Canta una nana.


-“Mamá: ¿Qué meces? ¿Me cantas a mí?”
-“Como si lo hiciera”, me contesta con ternura mientras me sorprende girando sus pliegues para mostrarme un granito de los míos, que se había quedado acurrucadito en mi corazón para que no le llevaran. No me percaté de ello porque se mantuvo muy quietecito y calladito para que no lo notaran. Mamá sí lo notó, al verme llegar disuelto excepto por algunas partecitas mías que se hundieron en ella y entre las cuales se coló el granito: “Yo, espiga, como tú”, balbuceó brindándome su primera sonrisa y aplauso de bebé.


A fin de cuentas, no solo yo trascendería si no también resurgiría. ¡Había alguien que deseaba ser como yo! No pude menos que jirimiquear de alegría ante la determinación y audacia de mi granito. Mamá me ofrece entonces su última lección como madre, porque a partir de ahora, yo descubriría unas propias como padre. Me dice: “Tú resurgirás a través de este granito. La resurrección es la nota clave de la naturaleza, no la muerte. Sin embargo, la muerte es la condición de la resurrección, por eso es que has vuelto a casa, para que la resurrección de la naturaleza, sea posible. Vida y Muerte son partes naturales de la Existencia…una sin la otra no posibilitan su definición… La espiral de la Existencia y de la Resurrección será continua, mientras Él así lo quiera, no el hombre. Seamos obedientes y permitámonos fluir en alegría…”


-¡Como el girasol!
-¡Como el girasol! – Me contesta mamá resignada, pues después de taaaaanto tiempo, todavía el girasol era mi personaje favorito de la vida… ¿Cuál es el tuyo?

Epílogo: El Infinito y La Eternidad


Un papelucho flota en el aire con ayuda del viento amigo. Es mi pequeño diario. Mamá conservó cuidadosamente en sus pliegues la etiqueta de aquel sobre que una vez me mostró con la imagen que yo tendría cuando madurara. Cuando quería verme antes de mi retorno a ella, la miraba y suspiraba tranquila. Sabía que yo estaba bien, pero ni modo, madre es. Me pregunto ahora como era capaz de atendernos a todos de tal forma que cada uno se considerara único y especial para ella. Fue para mí una sorpresa excepcional contemplar aquella vez el inmenso campo de trigo cubierto por mis hermanas. ¿Le habrá mostrado a cada semilla la misma etiqueta? ¡Y yo que pensaba ser el querendón! Ahora que volví a ella, quiso que imprimiéramos haciendo uso de sus pigmentos, mi experiencia de desarrollo, de vida, de muerte, de trascendencia y resurrección. Quiso también que escribiese al inicio como si aún fuera una semilla, porque dice que para las madres sus hijos siempre son sus pequeñines… Me escogió a mí para este diario, porque fui el único en retornar a ella. Estaba ilusionada por que el cielo pudiese conocer mejor cómo piensan las espigas…y allá va, derechito al infinito sin dejar de dar unas cuantas volteretas en el espacio dibujando corazones y espirales. ¡Qué divertido fue observarlo!


Por un momento, unas manos se apoderan del papelucho y escriben la historia impresa en él, en un libro más formal. Esto lo cuenta luego el viento entre silbidos y con acento de misterio para añadirle intriga a la anécdota: El pensó que antes de completar su entrega al cielo, sería bueno que el hombre encontrara inspiración para manejar sus pérdidas y cambios a través de dicha vivencia y permitió, antes de soplar con fuerza hasta arrebatar y hacer nuevamente suyo el papelucho, que la curiosa dama finalizara de reescribir en su libro de cuentos…Ella no lo sabía, pero el viento era una de sus más asiduos lectores mientras ella creaba sus historias al aire libre.

 

Algo especial siente ella cuando el papelucho se desprende tan oportunamente de sus manos, justo cuando escribe “Fín” y con una sonrisa agradecida, sabe despedirse del viento que se lo arrebataba. ¡Gracias, gracias, daré a conocer para bien este pequeño diario, el de la espiga de trigo! – exclama contenta y mueve sus manos para decir adiós al viento quien confía en la honestidad de la curiosa dama que cree en las hadas y entiende su idioma.

 

El cielo abre sus brazos de nubes para recibir con amor al viento que le trae nuevas de su amada tierra. Luego los cierra para tener un espacio de privacidad ante la lectura que le haría su diligente amigo…el papelucho desaparece, no se ve más y se convierte ya no solo en parte del Infinito si no de la Eternidad.

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